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Así es la maquinaria interna de las aereolíneas low-cost

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Sin agua, sin comida y con contratos de cero horas: el coste real de viajar en un vuelo low-cost es mucho más alto que un billete de 19 euros

Anna Freeman

31 Agosto 2018 15:42

Coescrito por Anna Freeman, Martí Renau y Anna Pacheco

La familia de las aerolíneas ya tiene su oveja negra y se llama Ryanair. Es como esa arma de doble filo que te causa más problemas de los que te salva, pero que no puedes dejar de empuñar. La última infamia de la compañía irlandesa es ofrecerte vuelos a un precio irrisorio —a veces, tan bajo que tienes que comprobar que no haya habido un error de impresión— a cambio de un servicio sin apenas garantías, siquiera, de llevarte a tu destino de forma segura.

Este verano, la abulia consumista con la que compramos y viajamos utilizando líneas de vuelo low-cost llegó a un punto crítico: Ryanair ha experimentado las mayores huelgas de pilotos de toda su historia, lo que afectó a más de 67.000 pasajeros y provocó la cancelación de hasta 400 vuelos. Quince días antes del paro, otros 600 vuelos se retrasaron durante otra huelga; en este caso, la organizaba el equipo de cabina. Aunque nunca ha gozado de buena reputación, Ryanair es la empresa europea que más ha conseguido fidelizar a sus clientes. Ahora mismo, es la empresa de vuelos low-cost más grande del continente, consiguiendo un aumento de clientes del 9% en el último año. En un recuento que se cerró a finales de marzo de 2018, se determinó que 130 millones de personas habían viajado con Ryanair en los últimos doces meses, haciendo que los beneficios netos de la empresa rozasen la astronómica cifra del billón y medio de euros.

Tal éxito fue saboreado por la empresa a pesar de la brutal crisis con los pilotos de noviembre, una huelga que dejó en tierra 25 de sus 400 aviones y obligó a que se cancelasen miles de vuelos, por no hablar del malestar y el descontento que reinaba entre los empleados de la aerolínea. Queda por ver, aún, cómo afectarán los paros de este verano a las futuras ventas de la empresa. Sobre todo, teniendo en cuenta que Ryanair es una rara avis entre sus competidores —a saber, EasyJet, Air Berlin y Vueling.

Un modelo turbocapitalista más allá de la venta agresiva, sumado a unas condiciones de trabajo paupérrimas para sus empleados, ha convertido a Ryanair en sinónimo del reduce-costes-a-cualquier-precio. En palabras de uno de los trabajadores en cabina: “Hay líneas de bajo coste… Y luego está Ryanair”.

Trabajadoras de Ryanair luchando por sus derechos / Cabin Crew United Facebook

Los Reyes del low-cost

La primera regla del capitalismo es que, si algo parece demasiado bueno para ser verdad, probablemente lo sea. La omnipresencia de las líneas low cost, con Ryanair a la cabeza en territorio europeo, tiene que ver con nuestra ansia por poder viajar cualquier día, a cualquier hora, y por un precio muy bajo. Pedro Bravo, autor de Exceso de Equipaje, señala que “hemos adquirido una necesidad de viajar, de hacer turismo, como antes adquirimos otras formas de consumo, y desde que se nos permitió hacerlo por un precio económico, sentimos que no tenemos otra opción que viajar con estas compañías… Es fácil ver las sombras del modelo low-cost, pero muy difícil no caer en la tentación de volar a Berlín el finde que viene por 30 euros”.

De ahí, de ese modelo de negocio, nace la dificultad de esquivar empresas como Ryanair. Su CEO, Michael O'Leary, es el villano preferido por todos, a excepción de sus devotos inversores. O'Leary modeló la estructura de su empresa a imagen y semejanza de Southwest Airlines, una compañía americana pionera en ofrecer vuelos low cost que redujo las prestaciones en clase turista, en los servicios durante el vuelo y las rutas deficitarias. A diferencia de la empresa que la inspiró, Ryanair no sólo se hizo un lugar en la industria, sino que creó una nueva manera de viajar, haciendo que otras empresas le fueran a la zaga. Nunca viajar habido sido tan accesible y barato como ahora: ese hecho ha democratizado el otrora elitista acto de viajar, por un lado, y ha generado un modelo turístico descontrolado en las ciudades de toda Europa por otro; no hablemos, ya, de las condiciones a las que se enfrentan sus trabajadores. “Esta aventura empieza con un billete de avión barato y termina con Airbnb ocupando el centro de las ciudades”, añade Bravo.

Además del efecto pernicioso que puede tener el turismo en las comunidades locales (Airbnb representa una de sus mayores amenazas) y el mal para el medio ambiente que genera el intenso tráfico aéreo, el mecanismo interno de una compañía como Ryanair es un problema en sí mismo. Lowificación significa abaratamiento, y eso incluye abaratar también el sueldo de sus empleados. “Pagas una miseria a tus trabajadores, aterrizas en el aeropuerto más barato de la ciudad, lo más lejos posible de la terminal, obligando a los usuarios a subirse a un minibus… La lowificación afecta a todos”, explica Jorge, azafato de cabina que, tras un año y medio trabajando con Ryanair, decidió cambiar de compañía.

La dicotomía capitalista de la oferta y la demanda es el mayor aliado de Ryanair: la compañía es la única en operar en muchas de sus 1.800 rutas, convirtiéndose así en la única opción para algunos viajeros y haciendo que las huelgas durante el verano tuvieran un gran impacto en una aerolínea como la suya. Naturalmente, el paro de aquellos que reclamaban una mejora en sus derechos laborales fue acompañado de las reacciones airadas de los clientes, que veían truncada parte sus vacaciones. Esa ira, sin embargo, no debe focalizarse en los trabajadores en huelga, sino en la empresa

Ryanair está en la cima del negocio low-cost en Europa/Getty

Subcontratas y aumento del trabajo precario

“Nos tienen instalados en una cultura del miedo y las coacciones que recibimos son insanas”, explica Steve Lemmens, un trabajador de cabina empleado por Ryanair afincado en Madrid. Lemmes es, a su vez, el portavoz del sindicato español SITCPLA. “La gente está estresada, cansada, enfadada, preocupada, y lo peor es que no podemos hablar de nuestras condiciones laborales por miedo a ser despedidos”. Los incentivos, los contratos dudosos, las amenazas y el miedo son los pilares de Ryanair, asegura Lemmes, y los clientes tienen derecho a saber qué clase de empresa están financiando.

Una de las mayores causas de estrés y pánico, según Lemmens, es cumplir objetivos en lo que ventas a bordo se refiere. El personal de cabina trabaja bajo una gran presión para dar con potenciales clientes que, de no manifestarse, podrían generarles problemas con el supervisor al cargo: las amonestaciones por no conseguir ventas van desde los interrogatorios, según Lemmens, a las amenazas de enviarte a operar a otro país. “El vuelo llega a un punto ridículo, en el que te ves a ti mismo contando cuántos cafés has vendido y estresado por si no eres capaz de vender un Twix más”, explica. “Es una cultura de vende, vende, vende y hazlo sonriendo todo el tiempo; todo el tiempo feliz. Si no lo consigues, el problema es tuyo”. El sistema de Ryanair no tiene en cuenta los diferentes patrones de gasto que inciden en cada vuelo concreto, como el horario y el día del mismo. Si los trabajadores quieren comer y beber durante su jornada laboral, tienen que pagar por ello, algo impensable en cualquier otra aerolínea; ni siquiera en una de bajo coste.

Muchos de los empleados de Ryanair están subcontratados. Mediante acuerdos contractuales complejos, la empresa evita aparecer como empleador de su propio personal. Según Lemmes, sólo es posible acceder a Ryanair mediante un contrato emitido por una agencia externa; dicho contrato es de cero horas y con condiciones específicas para cada trabajador. A través de este sistema, a los miembros de cabina se les paga por vuelo realizado, haciendo que tarifas, horarios y destinaciones varíen de mes a mes. Los sueldos más bajos los determina la geografía que se transite, según Lemmes: los trabajadores que operan en Irlanda y Reino Unido, por ejemplo, cobrarían más que los que lo hacen en España o Italia.

Staff de Ryanair/Cabin Crew United Facebook

La naturaleza precaria del empleo hace que muchos de sus trabajadores se encuentren en situaciones de dificultad financiera. Aunque Lemmens es una excepción —su nómina oscila entre los 2.000 y los 2.500 euros al mes—, los sueldos en Ryanair pueden ser, según demanda, cambio estacional y condiciones contractuales, tan bajos como 600 euros mensuales. Jorge, empleado en cabina por Ryanair, corrobora la versión de Lemmens, añadiendo que la diferencia entre trabajar en su actual empresa o hacerlo en easyJet puede ser de hasta 400 euros, a favor de la segunda. Dario, también en cabina, también en Ryanair, dijo tener un salario base de 730 euros que sólo podría engrosar mediante ventas y horas extra. El sistema con el que se determina el sueldo de los empleados es, según sus propias declaraciones, profundamente azaroso: “Tengo amigos en el mismo rango que ingresan entre 1.600 y 1.700 euros al mes, mientras yo solo gano entre 1.100 y 1.300. No es justo”.

Esa realidad es bastante parecida a la que viven los pilotos de Ryanair. Muchos de ellos, aunque vistan el uniforme de la compañía, son freelance. Dicha situación contrasta con las amonestaciones que los pilotos reciben si no siguen estrictamente las reglas de la compañía, o si plantean rescindir el contrato sin un aviso previo de tres meses. Los pilotos, en resumen, deben cumplir todos los deberes de alguien en nómina, pero no gozan de ninguno de los beneficios de alguien que lo está verdad. Danny, que ha trabajado en hasta tres aerolíneas low-cost diferentes, asegura que Ryanair tiene un salario base muy bajo y un número alto de incentivos que invitan a la plantilla a trabajar más horas; eso, en el caso de los pilotos, aumenta el riesgo de accidentes. Danny cita como ejemplo la prohibición que tienen los pilotos de volar si no están enfermos y cómo, en un sistema dónde se te paga por cada vuelo que haces, dicha regla muchas veces se incumple para no perder un día de trabajo que haría menguar el salario mensual.

Las presiones para vender a bordo es una gran fuente de pánico y estrés para los trabajadores en cabina/Cabin Crew United Facebook

Los problemas de los trabajadores de Ryanair son tan específicos como sus contratos, ya que estos se rigen por las leyes irlandesas. El banco en el que se ingresa la nómina a los empleados es también irlandés, sin importar dónde esté fijada la residencia de éstos. El hecho de tener que lidiar con derechos laborales específicamente irlandeses genera un vacío legal que pone muy difícil a los empleados poder mejorar sus condiciones laborales. Gabriel Mocho Rodríguez, secretario de aviación civil en ITF y aliado de los sindicatos que organizaron las huelgas en Ryanair, señala que la decisión de la empresa de gestionar la plantilla mediante contratos irlandeses está pensada para desmotivar cualquier tipo de organización colectiva o conato sindical. “Los contratos plantean un o-lo-tomas-o-lo-dejas en el que sólo caes en la cuenta de lo precario que es una vez te pones a trabajar”, explica Gabriel. Lo peor es que, si los trabajadores tienen algún problema que quieran discutir con la empresa, deben viajar a Dublín para solventarlo.

No ha sido hasta el año pasado que el fundador de Ryanair, O Leary, permitió la existencia de secciones sindicales en su plantilla —previo a ceder, diría que "el infierno se congelaría" antes de aceptar sindicatos en Ryanair. O’Leary es muy consciente de la amenaza que supone la fuerza colectiva para su modelo de negocio, pero teniendo en cuenta la envergadura del imperio que domina, y de la influencia que éste tiene en los viajes low-cost europeos, la aparición de sindicatos en Ryanair era poco menos que inevitable. Aunque el CEO de Ryanair disfrute de su reputación de empresarios maquiavélico, le guste o no, se sabe con el agua al cuello

El modelo low-cost se basa en recortar recursos de allá dónde sea necesario/Getty

La responsabilidad social y nuestra conciencia como clientes

Es comprensible que las voces del personal de Ryanair, así como las de otros compañeros empleados por líneas low-cost, estén siendo atendidas cuando la precariedad parece extenderse por gran parte del mercado laboral. La llamada economía colaborativa, de la que se nutren gigantes como Uber o Deliveroo, están bajo un escrutinio público y legal en todo el mundo por el trato dispensado a sus empleados, la mayoría de ellos bajo un régimen de falsos autónomos. Si bien no parecemos tener problema para localizar los males de la economía colaborativa, nuestra relación con dicha economía en calidad de consumidores parece seguir en busca de justificaciones para perpetuarla.

Javier Martín-Chico, director del departamento técnico de SEPLA (Unión Española de Pilotos), resume así la política de O’Leary: “Hace ni más ni menos que lo necesario para poder ofrecer billetes a 19 euros. Y todo tiene un precio en esta vida. Tú, como pasajero, debes asumir los riesgos de pagar ese precio”. Como señala Martín-Chic, el 40-50% del coste de un billete sirve para cubrir la gasolina del avión, por lo que la compañía debe recortar el gasto de otros sitios para poder mantener esos precios. Con este modelo súper low-cost creado por Ryanair gozando de buena salud, debemos preguntarnos cómo podemos responder a ello como clientes concienciados.

“Deja de quejarte de las huelgas, empatiza más con el sector y con aquellos que trabajan en él, protesta, denuncia todo aquello que te sea posible y ayuda a que la regulación y la legislación cambie en favor de todos”, propone Bravo, recordando que la solución a los problemas colectivos nunca es individual. “Nosotros, solo nosotros, no vamos a resolver el problema”. Quizás, por encima de todo, lo que necesitamos es un despertar general para darnos cuenta que, si viajar de esta manera tiene un efecto tan negativo para nuestro tejido social y ambiental, el vuelo debería ser, en última instancia, más caro. Martín-Chico concluye: “Todo tiene un coste. Lo que no es normal es que un taxi de Barajas al centro de Madrid cueste más que un vuelo desde Dublín”.

*Ryanair ha remitido el siguiente comunicado a PlayGround antes de que este artículo fuese publicado:

“Seguimos negociando con nuestros trabajadores en toda Europa y hemos firmado acuerdos de reconocimiento sindical con entidades de tripulantes de cabina como los italianos ANPAC/ANPAV, el sindicato UNITE en el Reino Unido y el sindicato Verdi en Alemania.

Esta semana firmamos nuestro primer convenio colectivo con ANPAC y esperamos que pronto le suceda un acuerdo similar que cubra a nuestros pilotos irlandeses. Hemos invitado a nuestros sindicatos de Reino Unido, Alemania y España a reunirse con nosotros en los próximos días para que poder negociar con ellos y, con suerte, llegar a acuerdos similares en estos otros mercados. Dichos acuerdos demuestran el progreso real que está realizando Ryanair en las negociaciones con sus pilotos y tripulantes de cabina, así como con los sindicatos en diferentes mercados de la Unión Europea.

Ryanair, como muchas otras aerolíneas en la Unión Europea, tiene una plantilla mixta de empleados externos e internos”.

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