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La gente no para de hablar de este profesor canadiense de psicología. ¿Por qué?

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Jordan Peterson ha saltado a la fama después de vapulear en una entrevista a la periodista feminista Cathy Newman

Rafa Martí

11 Febrero 2018 06:00

La entrevista más vista y comentada en lo que llevamos de 2018 es la de Cathy Newman al psicólogo clínico Jordan Peterson. O quizá deberíamos decir el combate más visto y comentado, por momentos como este…

La periodista de Channel 4 intenta, al igual que en los 30 minutos de entrevista, pillar a Peterson. Le dice que por qué debería su derecho a la libertad de expresión atacar el derecho de las personas transgénero a no ser ofendidas, a lo que Peterson responde que por la misma razón por la que ella le está retando a él, aun a riesgo de ofenderle. El momento termina con un fulminante Gotcha!, ¡te pillé!, de Peterson a Newman.

Ese y otros momentos del intercambio han provocado que el último libro de Peterson, 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos, sea el número uno en ventas en los países anglosajones. De esta forma, Peterson se ha coronado como el intelectual más influyente del momento. El economista Tyler Cowen ha dicho: “Peterson es el intelectual más influyente del hemisferio Occidental”. La pensadora feminista Camille Paglia también ha añadido: “Peterson es el intelectual más grande que ha tenido Canadá desde Marshall McLuhan”. La lista sigue.

La ascensión de Peterson viene de lejos. Siendo profesor de psicología en la Universidad de Toronto, saltó a la fama en septiembre de 2016 con una serie de vídeos titulada “Un profesor contra la corrección política”. El gobierno canadiense de Justin Trudeau acababa de pasar la Ley C-16, que pretendía proteger de la discriminación la identidad y la expresión de género, en base a la Carta de Derechos Humanos de Canadá. Peterson se opuso a utilizar los nuevos pronombres para referirse a las personas transexuales.

La polémica estaba creada. Al mismo tiempo que cosechaba protestas de colectivos queer, sus clases ganaban popularidad y sus estudiantes comenzaban a subir sus sesiones a YouTube. Sin apoyo de grandes medios ni de su público, su discurso comenzó a moverse en comunidades universitarias a través de un proyecto de Patreon, para pasar luego a Reddit y 4Chan. Un discreto profesor de psicología se había convertido en un guerrero cultural en un momento en el que la derecha en Estados Unidos había visto un filón para pulverizar las políticas identitarias. Convertido en tendencia, los medios mainstream liberales empezaron a prestar atención al fenómeno. Hasta hoy.

¿Pero qué es lo que dice Peterson para ser tan exitoso? Como escribe Dorian Linksey en The Guardian, Peterson no es más que un pensador conservador; un "liberal clásico de la tradición británica", como Peterson se define a sí mismo, con una fuerte capacidad argumentativa, un temple de hielo y un refinado discurso intelectual, racional y ecuánime que sobresale en el mar de no-argumentos y disputas emocionales que caracterizan el debate público, y que, sobre todo, se ha hecho viral.

Peterson tiene una fuerte capacidad argumentativa, un temple de hielo y un refinado discurso intelectual, racional y ecuánime que sobresale en el mar de no-argumentos y disputas emocionales que caracterizan el debate público

Peterson se ha erigido a sí mismo como un paladín contra la categorización, la opresión mental de la ideología y el culto a la emoción. El canadiense asegura hacer hincapié en el debate argumental antes que en presuntos prejuicios ("hombre blanco heterosexual"); dice anteponer los hechos a la ideología y considera que la percepción emocional de las cosas no puede orientar los comportamientos. Nada de esto, por lo demás, es algo que lo distinga mucho de otros pensadores de la tradición liberal anglosajona como Jonathan Haidt, Steven Pinker o Mark Lilla. La diferencia entre estos y Peterson es que mientras los unos han quedado relegados como bibliografía de las élites, el canadiense ha trascendido a fenómeno de Internet.

Su superventas 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos es una guía para convertir a los jóvenes —y especialmente a los hombres— en personas disciplinadas, honradas, fuertes y responsables de sus actos, que no echan la culpa de lo que les pasa al karma, al patriarcado o al capitalismo. Es un grow up! en toda regla contra lo que algunos han apuntado sobre el hipotético infantilismo de la generación snowflake, aparentemente ofendida por chistes racistas o evidencias científicas que les incomodan.

Nada de esto es algo que no estuviera presente en las escuelas antes de que las políticas identitarias y de género ganasen peso en el debate público. Ahora, jóvenes de todo el mundo han encontrado en Peterson el discurso más potente para dar sentido a sus vidas. El rechazo de la posmodernidad a los sistemas de valores tradicionales y el consiguiente vacío, junto a la contraintuitividad del discurso actual de izquierdas, han dado alas a un discurso conservador de siempre, a una reacción vestida de propuesta innovadora, no-ideológica, y aparentemente implacable, por ser lógica y simple, que ha aglutinado a conservadores religiosos, liberales clásicos ateos y hasta neonazis para hacer realidad sus sueños más húmedos de triturar al marxismo cultural.

Sea como fuere, y en contra de lo que propugna, la propuesta de Peterson no deja de ser puramente ideológica, al igual que lo son algunos de los datos científicos de los que se sirve o los argumentos que usa, sin tener en cuenta las causas últimas de los procesos sociales. Decir, por ejemplo, que las mujeres prefieren a hombres como el prototipo presentado en 12 Rules for Life, o que ellas cobran menos porque tienen diferentes preferencias profesionales, son afirmaciones que podrían tener sentido. El argumento, en cambio, se olvida de que las mujeres serían todo eso por siglos de construcción cultural. «Te culpo por ser complaciente después de haberte obligado a serlo».

Independientemente de estas disputas, el éxito de Peterson es una demostración de que el debate racional tiene una enorme cabida una vez se convierte en viral y atraviesa el muro de las emociones, impenetrable en los últimos años. A pesar de que ejércitos de trolls se hayan apropiado de sus consideraciones, demuestra también la urgencia y la necesidad de que el resto de discursos —sobre todo los adversarios— se sienten sobre las mismas bases si no quieren quedarse vacíos de legitimidad y su única vía sea la simple imposición ante su ausente poder de convicción.

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