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«Bienvenido a internet. Yo te saludo, vanidoso»

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“En la red el éxito causa más bajas que el fracaso”. Publicamos un fragmento de ‘En confidencia. Tratado de la verdad musitada’ (Anagrama), de Eloy Fernández Porta. A la venta el 14 de febrero

PlayGround Books

12 Febrero 2018 12:55

Estética del gran otro, por Eloy Fernández Porta

«Y dígame, doctora, ¿será vanidoso o vanidosa?» «Narcisismo», «egolatría» y «exhibicionismo» son términos recurrentes a la hora de describir la producción de identidad en el espacio virtual. Un perfil se inaugura, comienza su ruti­na de autofotos y aforismos, y ya se empieza a escuchar, aquí y allá, un reproche: ¡vanidad! «Bienvenido a internet. Yo te saludo, vanidoso.» El pecado contra el Séptimo es el nuevo pecado original. Ese saludo sustituye a la manera tradicional de nominar al neonato: «Es una niña.» A la au­toridad médica, que dictaminaba la sexuación, la sustituye una segunda auctoritas, que solo es competente en materia de moral. ¿Cómo la llamaremos? Es un párroco rural que, encaramado al púlpito, sermonea a un auditorio de viudas, (arrepentíos), sin reparar en que en la eterna mañana do­minical de la red no hay soberbia mayor que la suya.

El cura aldeano tiene, en la biblioteca de la parroquia, algún volumen gastado de Freud. La palabra «ego» nunca falta en sus homilías. Pero en su boca el vocabulario del psicoanálisis se ha convertido en una salmodia acusica, di­simulando así cuál es el verdadero yo de ese sermón: el suyo propio. Cuando cada internauta y cada peatón habla como un párroco rural, la identidad ya no podrá ser defini­da con ideas como «sobreexposición» o «complejo de Narci­so». Porque la autorrepresentación es, ante todo, imagen de Otro, semblanza de alteridad. Alo-retrato.

Los dos reflejos de Narciso.

Supongamos que Narciso –asomado al lago, evaluando su reflejo, entre plantas acuá­ticas y cañas emergentes como palos de selfie– se hubiera encontrado, a fin de cuentas –es amarga la verdad–, feo. Cejijunto. Contrahecho. Chaparro. Nasón y escriba. Ni siquiera resultón o feuchillo o cool-feo a lo Jarvis Cocker, o feo de tele, como los secundarios de las sitcoms, sino verdaderamente don’t de la revista Vice, pero don’t, don’t. Y que, asustado, saliera huyendo de su reflejo, como alma que lleva el diablo, apresurándose hacia el horizonte de los mitos.

Si esa fuera la leyenda – la que Ovidio nos sustrajo–, ¿cómo la interpretaríamos?

Diríamos, para empezar, que Narciso comete un error moral porque concede demasiada importancia a su ima­gen. En este punto nuestra lectura no sería distinta de la versión original de la historia. Proseguiríamos diciendo que esa manera de pensar no es distintiva de Narciso: es el resultado de un proceso de aprendizaje. El malhadado Narciso ha ido interiorizando los criterios que enseñan a distinguir la belleza de su antónimo, y los confunde con los principios que diferencian la verdad y la mentira. De nuevo usaríamos el esquema mental con que hemos censurado la vanidad de Narciso. Diríamos entonces que es preciso emplear criterios de valoración de sí y de los otros que permitan reconocer las cualidades intangibles y relati­vizar los atributos visibles. Esa idea es una mistificación de la interioridad, platónica, y un rechazo de los saberes corporales. Así pues, haga lo que haga el joven, agraciado o feata, en cuanto se inclina hacia el lago está en falso. Pri­mera enseñanza de la leyenda: no existe un modo correcto de examinar el propio aspecto. Mírate: desconócete a ti mismo.

El mito, pues, no es un apólogo contra la vanidad sino una crítica al espejo. Es un aviso contra el carácter espe­jeante de las superficies, que pueden confrontar al especta­dor con una imagen irreconocible. Desde que Zeuxis se puso a pintar un racimo, que las aves creyeron verdadero – Zeuxis pintaúvas, pinchaúvas–, hasta que la mímesis analógica, fundada en ese cuadro, se solapó con la virtual, la historia de la visualidad es una speculatio. Reflejo de Narciso: no cabe esperar del espejo la imagen de un cuer­po sino el esquema mental de los criterios que condicionan y dictaminan la configuración pública de la corporalidad. El espejo refleja, ante todo, palabras. Speculum textual, evo­cativo, nos trae a la mente las nociones y convenciones que otorgan significado a un cuerpo. Solo en segunda instan­cia, y de manera incidental, es reflectante; también puede darnos, por demás, un cuerpo reflejado: un ejemplo, un modelo. Un caso. Así engaña el espejo a nuestros sentidos: fingiendo reproducir la apariencia perceptiva, evoca, en realidad, la certeza social. Esta añagaza es también la de la red, espacio especulativo, refracciones y espejeos. La red: un medio verbal y textual que suele ser descrito como si se tratase de un depósito de imágenes.

Aki Hoshide, Expedition 32 Spacewalk

Selfie en visera convexa de un casco de astronauta.

Identidad: una máquina de visión. Tramoya escópica. Lo constatamos en la modalidad por excelencia del autorre­trato: la foto digital. Acaso su mejor representación sea esta instantánea del astronauta japonés Aki Hoshide, flo­tando en el espacio sideral, This is Major Aki to Ground Control, durante una misión de la NASA. Hoshide em­pleó una cámara Nikon con lente de ojo de pez. Es la ver­sión actual de un antiguo ingenio perceptivo ideado por el Parmigianino para deformar el retrato, combándolo, cur­vo, como un signo de interrogación: el espejo convexo. «Reflectograma» es el término acuñado por Joan Fontcu­berta para designar esta modalidad del selfie, en la cual el fotógrafo siempre tiene, ante el espejo, «un cierto grado de control». El dispositivo tecnocientífico muestra, en vez de un rostro, dos pantallas espejeadas: la cámara y el casco. El hombre –pero ¿hay hombre?– es solo el mediador que hace posible el encuentro de dos técnicas del mirar, que se observan en bucle. Un selfie no es un síntoma de egola­tría, sino el autorretrato de una empresa –una persona ju­rídica–, un registro del Control. En este caso, la NASA. Para los terrícolas, una marca de móviles. Y el usuario, al comprar un teléfono, se convierte en el mejor modelo pu­blicitario: el amateur.

Fuera de campo y más allá del planeta, en la trama de los dispositivos, hemos alcanzado la fase metamediática. Que el segundo autorretrato más conocido, también reali­zado con fisheye, sea un primer plano del rostro sonriente de una mandril, una macaca negra indonesia –una «autofoto», según el léxico fontcubertiano–, nos confirma que el amateur ha vencido al profesional, y que no hay en esta historia ni rastro de un yo. En vano el propietario de la cámara, el fotógrafo naturalista David Slater, litigó por los derechos de reproducción: él no la había hecho, solo había dispuesto, sin saberlo, la ocasión. Desde el simio hasta la nave sideral, el humano ha pasado a ser un intermediario de los medios, un gestor de sus extensiones. Y la fiebre autorretratista –catch the fever!– es la muestra más fehaciente de nuestra sujeción a los medios.

Me observo desde fuera. Este procedimiento, distinti­vo del autorretrato, da fe de la escisión constitutiva del su­jeto, de su irresoluble dualidad. Sí mismo. Un autre. El fotógrafo de selvas y el cosmonauta tienen otro aspecto en común: los dos se han trasladado fuera del socius, más allá de las calles y plazas donde se gestan los criterios compar­tidos que determinan la identidad. Ello implica que en ambas imágenes las presiones y los condicionantes de la vida en común deberán ser imaginados por el espectador, quien se convierte, así, en el portador de los saberes públi­cos. Queremos al espectador activo, participante, colabora­dor: cómplice embarcado en fructíferos intercambios. Pero no existe «el espectador» en singular, sino un agenciamiento de interventores, erigidos en aparato de vigilancia informal. La calidad estética no se define ya, como en los antiguos códigos documentales, por la capacidad del fotoperiodista para representar la comunidad en su instante decisivo, sino por su habilidad para lograr que el espectador la evo­que, la imagine y, con sus propias percepciones, suposicio­nes y corazonadas, contribuya a inventarla. Inventor, im­plicado, apasionado. Afligido, en el sentido que le otorga Gary Zhexi Zhang: llevado por «una aflicción afectiva que ocurrió cuando el ego se perdió en la nube».

La madre de todos los metamedios.

Así pues, la cla­ve para hacer sujeto no la encontraremos en el concepto de «ego», sino en otro pasaje de la literatura psicoanalítica. Es el que se refiere al Gran Otro: la autoridad radicalmente exterior ante la cual solo somos el interrogado, el exami­nado sudoroso. Aquella cuyo criterio no puede ser ignora­do. En la tratadística el ejemplo principal es la madre, y le siguen otras figuras del poder extenso: Dios, o el Estado, o el Nombre-Del-Padre. Todas ellas han quedado subsu­midas en lo que muestra el casco de Hoshide: la trama mediática. No se trata de una carcasa sin contenido: a tra­vés de ella se transmiten los criterios que nombran al suje­to, confiriéndole atributos, esbozando su perfil. Criterios: voces, rumores, habladurías, objeciones. Y, sobre todo, críticas.

«Me critican.» «Me calumnian.» «Difunden ideas fal­sas sobre mí.» Este es el acto de autoconsciencia con que se define el individuo digital. ¡Qué teatro, amigos! ¡Qué tragedia! Cual Orestes perseguido por las Erinias, atribula­do, voces venidas de ninguna parte le llaman y le ator­mentan. En vano sus amigos le preguntarán, como hacía el sensato corifeo,

–Pero ¿qué visiones te agitan, hombre?

Él siempre responderá:

–Vosotros no las veis; yo sí las veo.

Orestíada, Trolíada. ¡Ay del tuitero que no tenga Eri­nias! La clarividencia acerca de sí se define como hiper­consciencia social, hipersensibilidad emocional, susceptibi­lidad acendrada. ¿Es usted lo bastante susceptible? Radar ultrasensible, el internauta rastrea las redes buscando sig­nos de desaprobación o burla, o se expone –«heme aquí, criticadme»– en perfiles y formatos que, concebidos, se supone, para las expansiones del yo, son en realidad la bancada de los acusados, el patíbulo, el blanco. Disparad­me. Ni siquiera quienes son populares en la red pueden renunciar a esa certidumbre, ellos menos que nadie. En este sentido, el formato digital por excelencia no es Face­book ni Twitter. Tampoco las modalidades de archivo que exponen, en secuencias infinitas, la postfoto. La ma­dre de todos los metamedios fue Formspring. Al someter­se, por voluntad propia, al formato interrogativo –al abrir el espacio para la Pregunta, más admonitoria que curiosa, más fiscal que apreciativa– el sujeto digital se construye como subalterno del Gran Otro. Las voces que pronun­cian capciosas preguntas desde cada confín de la red, como en el interrogatorio al replicante, quedan unificadas en un solo personaje, el que todo lo sabe y cuestiona. Un personaje colectivo y espectral que es, en un triple movi­miento, invocado, agregado e inventado.

–¡Oiga, usted!

Para describir los actos de interpelación Althusser ima­ginaba una escena en que una autoridad, como el policía, abordaba al individuo y, en el acto de llamada, lo instituía como subalterno. Pero ese drama situacional presuponía un sujeto autosuficiente que no deseaba ser importunado, mu­cho menos cuestionado. No parece ser esa la circunstancia del régimen digital, donde el @sujeto pide a gritos que le interpelen, lo suplica –¡troléame, por compasión!–, imagina a los internautas como si fuesen la pasma, va desarro­llando un retrato en marcha de sí, a partir de las preguntas del día. En Formspring el sujeto se pone en cuestión, se va a vivir al examen:

–¡Cuestióname, Gran Otro!

El que Formspring, después de tres años de vuelo, ce­rrara en 2013 para transformarse en Spring.me, un archi­vo fantasmal, implica que el formato quedó obsoleto, pero no porque el procedimiento que vehiculaba dejara de ser inte­resante sino, precisamente, porque murió de éxito. El proce­dimiento interrogativo, demasiado relevante como para quedar restringido a un único medio, ya se había ido ex­tendiendo a los demás formatos, formspringueándolos, in­corporando a cada perfil un cuestionario agustiniano, fis­cal, aduanero, inquisitivo, Melitón, poli bueno y Kinder Malo, de Metroscopia o del CIS, convirtiéndose, al cabo, en el acto comunicativo fundamental de la red. Idéntico destino el de Fotolog, que desapareció como formato aco­tado cuando la subjetivación en forma de feed autofoto­gráfico triunfó como práctica omnipresente. En la red el éxito causa más bajas que el fracaso.

El Sujeto rapea.

Ningún género musical representa tan bien esa techné de la subjetividad como el rap, cuyo procedimiento expresivo más característico es la apología compulsiva del MC. Enfática y confrontacional, involun­tariamente cómica, aun en sus más logradas versiones, con su sabrosa mezcla de excusatio non petita, execración de adversarios, abogacía de periferias y orgullo barrial. En su salmodia vindicativa el rapero va replicando, punto por punto, a las habladurías de los maledicentes, de los críticos musicales desafectos, de «la prensa» (¿qué sería del letris­mo musical sin esa entidad abstracta?), y, al hacerlo, se entroniza en el conflicto con el Gran Otro. El rasgo más im­portante de la canción es que la respuesta a las críticas es anterior a su formulación pública. Lo comprobamos cada vez que se edita un single de debut donde el MC enumera objeciones que, hasta ese momento, solo habían sido ex­presadas en el rincón de un garito o en provincias remotas de la red. O ni siquiera se habían formulado, porque el Gran Otro debe ser descrito, explicado y construido, des­cribiendo a los contrincantes aislados como si militaran en un ejército enemigo –inventando, a voz en cuello, la mili­cia rival–. Solo así podrá el sujeto aparecer, en todo su es­plendor, tenso en el combate, radiante de respuestas, heri­do por la maledicencia pero salvado por la rima, alzado en el fragor de la disputa, Mucho Mu:

–Y algo me dice que la batalla va a ser fiera.

¡Mucho Sujeto! El Sujeto rapea: repite, rima a rima, un acto fallido de autoafirmación, halla en la cadencia el sonido de la subjetividad. En el estudio, con ayuda del productor, o autoproduciéndose, selecciona, combina y ecualiza el coro de voces erinias que conforman el Gran Otro. No es de extrañar, así, que el más destacado de los emsís actuales haya proclamado, en un disco reciente, que es Pablo de Tarso redivivo.

–¡Acabáramos! ¿Y también me dirá que eso no es nar­cisismo?

–Pues sí, porque en un género donde la autorrepre­sentación es decididamente mesiánica presentarse como un simple apóstol es un signo de modestia.

Lejos de la épica tontaina del rock, fuera de la burbuja aislacionista de la electrónica, el rap ha popularizado un modo de aparecer que todos los otros códigos expresivos han imitado. Lo vemos a diario, en versiones menos enér­gicas, y estéticamente más pobres, en cualquier entrevista, en cada rifirrafe entre el tuitero y sus Erinias –hoy llama­das trolls, anónimos o haters–, en las esticomitias analfabe­tas de los foros y en cada turno de debate zascandil, deba­te gore, ahora, en el Ágora a gorrazos de la red.

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