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Culture

“No podemos ignorar que Jimmy Page y David Bowie se acostasen con groupies de 14 años”

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Jimmy Page y Lori Madox (Lori Mattix)
 

Andrew O'Neil se define como anarquista, feminista, vegano y, por encima de todo, metalero. Hablamos con él coincidiendo con la publicación de su ensayo 'La Historia del Heavy Metal'

víctor parkas

13 Abril 2018 12:08

“La del heavy metal es una historia oral”, me dice, pinta en mano, Andrew O'Neil. “Los metaleros tenemos la tradición de contarnos una y otra vez las historias de nuestras banda favoritas”. O'Neil deja la cerveza sobre la mesa, junto a un tomo de La Historia del Heavy Metal. La suya, personal e intransferible. Y no: no hablo de esa copia en concreto. “Quise dejar claro, desde la primera página, que ésta es mi visión sobre el metal; es algo que hice casi como un mecanismo de defensa: sé muy bien lo apasionada y enjuiciadora que puede ser la comunidad heavy”. ¿Razones para subir los escudos? La Historia del Heavy Metal es, en el mejor sentido de la palabra, un fanzine. Uno de 300 páginas. La parcialidad, el desparpajo y el morro de O'Neil son kamikazes: ni Deep Purlpe, ni Kiss, ni Aerosmith, ni AC/DC son heavies, sostiene su ensayo. “Los Whitesnake”, apunta el libro, directo a la mandíbula, “pueden irse a la mierda”.

Te sepas o no de memoria el Walk de Pantera, conozcas o no el nombre del miembro de Slayer que se meó en la cabeza del cantante de Venom, o cómo el cuerpo sin vida del cantante de Mayhem se utilizó de portada en un disco en directo, este año será difícil encontrar un ensayo más gamberro y divertido que La Historia del Heavy Metal.

“El libro nace de uno de mis espectáculos de stand-up”, reconoce Andrew, monologuista a tiempo completo. “Cuando me propusieron transformar el show en un libro, me puse muy contento, pero acto seguido caí en la cuenta que tendría que escribir la jodida cosa”, ríe, como un caballo relincha. “Estoy acostumbrado a escribir monólogos de 7.000 palabras, no las 85.000 de este libro. No tenía ni idea de cómo escribir un libro, así que me la inventé: apagué ese censor interno que todos tenemos y redacté un primer borrador a toda prisa, sobre el que luego sólo tenía que volver para hacer algunas correcciones”.

A resultas de ese torrente, highlights como “odio esta puta mierda de música” en el capítulo del glam, o “las iglesias noruegas están hechas de madera. Pero, ¿esto qué coño es? ¿Un cuento de hadas?” en el pasaje sobre el black metal –y sus incendios provocados. La boutade, sin embargo, no arruina lo riguroso: La Historia del Heavy Metal pone contra las cuerdas todos los residuos homófobos, machistas y racistas del género, de sus inicios a la actualidad.

“No podemos ignorar que David Bowie y Jimmy Page, de Led Zeppelin, se acostasen con groupies de 14 años como Lori Madox. Creo que hemos permanecido mucho tiempo impasibles ante cosas de ese tipo. Conforme iba entrando en contacto con el feminismo, pues me considero feminista radical, yo mismo he tenido que revaluar mi punto de vista en ciertos asuntos. Hay metaleros que no: mandarían el #MeToo a tomar por culo, por la simple razón de que se sienten amenazados”. ¿Es la bro culture un mal que solo aqueje al rock duro? “Desde 1950, dos décadas antes de que este estilo existiera, el rock ya promovía follarse a chicas cuanto más jóvenes mejor, como si te diesen una puta medalla a cambio”, sentencia Andrew. “Todas las bandas de la brit invasion, de los Beatles a los Stones, pasando por los Who, follaban con adolescentes como si fuera una parte más de su trabajo. Es toda una era, la que tenemos obligación de revaluar”.

La resituación se impone, también para leer el presente. “Fíjate en Decapitated: una banda de death metal actual, a la que acusaron de violar en grupo a una de sus fans. Los cargos que han acabado 'cayendo'. Y digo 'cayendo' con toda la intención: la demandante estaba en tratamiento psiquiátrico, una condición con la que le habría sido muy difícil encarar una vista así”, reflexiona. “Todos sabemos cómo se trata a las mujeres en los juicios por violación”.

“Odio que haya tan poca representación femenina en el heavy”, lamenta Andrew, a la vez que aprovecha para reivindicar grupos como Girlschool. “La testosterona, la agresividad, la competitividad: todos esos aspectos de la personalidad masculina siguen primando en la escena, mientras que a las mujeres se las sigue invisibilizando y excluyendo”. O'Neil, que colabora con Safe gigs for women, una plataforma para hacer de los conciertos espacios más seguros para las mujeres, celebra que se estén dando pasos para hacer más respirable los entornos metal. “Me encanta ver como Kim Kelly es capaz de hablar de toda esta música desde una perspectiva de género”, dice, de una de las plumas más interesantes de Noisey.

Sobre crear espacios seguros: O'Neil ha hecho de los clubs dónde defiende sus monólogos lugares propicios para el crossdresing. “Hay ejércitos de travestis en mis shows; yo mismo lo soy”, asegura el autor. “Tengo una disforia de género que comunico de ese modo, y la comunico dentro de entornos metaleros: quiero crear espacios en la cultura heavy para que más gente como yo pueda sentirse cómoda allí. No quiero cambiar el mundo; bueno, sí quiero, pero ya me entiendes”, matiza, “quiero hacer lo que esté en mi mano, y visibilizar lo queer dentro del heavy metal lo está. El simple hecho de hacerlo, te miren mejor o peor los más viejunos, ya te empodera”, añade. “Si te enfrentas a ese miedo inicial, normalmente la gente te acaba aceptando”.

Andrew O'Neil se define como anarcovegano, y en la La Historia del Heavy Metal dedica unas líneas a las bandas que han defendido postulados libertarios con trepidantes riffs –Iskra o Panopticon, con sus temas dedicados a las huelgas mineras. Son los menos, por desgracia: a diferencia de una subcultura como el punk, el heavy es un estilo muy poco politizado.

“La mayoría de bandas metal han apostado por el escapismo, porque el heavy es una música para gente que tiene empleos de mierda, horarios interminables, jornadas semanales de cuarenta horas; cuando llega el fin de semana, lo único que quieren hacer es desconectar. Pese a ello, yo sí creo que el heavy es una cultura antiautoritaria y rebelde. Nace como una crítica a la sociedad, aunque sin ofrecer solución o esperanza alguna. Quizás no haya canciones heavy sobre Kropotkin, pero, ¿War Pigs de Black Sabbath? Es una canción política, antimilitarista, como lo es el Master of Puppets de Metallica”.

“Y, bueno, luego tienes el death metal nacional socialista”, añade, sobre engendros como Drukh o Graveland. “Aunque, sinceramente, es un estilo con muy pocos grupos. Y la música que hacen siempre es una puta mierda”, masculla, entre risas.

En un presente dónde el heavy metal parece en pleno proceso de recuperación y reescritura, inspirando incluso autoficciones en forma de cómics y series, La Historia del Heavy Metal alerta de una posible “apropiación cultural” del subgénero por parte del mainstream. “Cuando uso ese término en el libro intento ser muy cuidadoso. Ni remotamente sugiero que esa 'apropiación' tenga los tintes de una verdadera apropiación cultural, ni de su sustrato racista. Los metalheads no somos ninguna comunidad oprimida; pero, ¿David Beckham con una camiseta de Iron Maiden? Es jodidamente hilarante. Nuestras pintas nunca han sido guays. La gente guay no cree que yo lo sea”, asegura, pellizcando su camiseta de Dungeon. “A mí me han dado de hostias por llevar insignias de Slayer, aunque ahora se suponga que llevarlas sea guay”.

“Yo no quiero ser guay”, zanja, “solo quiero ser yo”.

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